Hace unas semanas cené en un restaurante donde todo salió mal. No hubo nada que se salvara: ni el servicio, ni los tiempos, ni la carta, ni el espacio, ni la cuenta. Una velada fallida, de esas que dejan más cansancio que enfado. Y no escribí nada. Dejé que se diluyera.
Convertir el desastre en contenido dice más de quien escribe que del lugar del que se escribe.
Poco después, una tarde cualquiera, releyendo papeles viejos, encontré un número de Sobremesa. Tengo muchos en casa; durante años fue una revista de referencia. La abrí sin intención, como se abren las cosas conocidas. Leí una crítica, luego otra. Todo estaba bien escrito. Y, aun así, apareció una sensación conocida: la de una crítica escrita demasiado cerca de la mesa. No entusiasmo, sino complicidad. No análisis, sino cercanía interesada. Ese territorio cómodo donde no se muerde porque no conviene morder.
Buscando después un teléfono, me encontré con el otro extremo. Reseñas escritas desde la bilis, el rencor o la ignorancia más desacomplejada. Frases cortas, definitivas, sin contexto ni curiosidad. Gente que no quiere entender nada, solo desahogarse. En todos los colectivos hay idiotas y mala gente; en las reseñas también. Y conviene decirlo sin miedo, porque disfrazar la mala fe de sinceridad popular no la vuelve respetable.
Entre la crítica complaciente que no se atreve y el juicio airado que no sabe se ha ido perdiendo algo esencial: la mirada pausada. La que observa antes de sentenciar. La que intenta ser objetiva sabiendo que la objetividad absoluta no existe, que siempre se mira desde unos ojos concretos, una educación y una experiencia. Y que, precisamente por eso, se esfuerza en desconfiar también de sí misma.
Este cuaderno nace de ahí. No para sostener un negocio ni para ajustar cuentas. No para apoyar porque sí ni para señalar por despecho. Si algo aparece aquí es porque hay trabajo detrás, un concepto que se sostiene o una idea que merece ser contada más allá del envoltorio.
La crítica, cuando se convierte en mercancía, deja de ser crítica. Y cuando se convierte en desahogo, tampoco lo es. No me interesa ninguna de las dos. Me interesa mirar con cierta distancia, pero no desde la frialdad. Intentar entender primero qué quiere hacer un sitio y después contar qué consigue y qué no.
Por eso este cuaderno avanza sin prisa. No porque falten sitios de los que hablar, sino porque sobra ruido. Y porque no todo merece ser mirado. Y no todo merece ser escrito.

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