Siempre he necesitado poner la vida en palabras para entenderla un poco mejor. No la vida en abstracto, sino la que pasa cerca: la que se repite, la que se hace costumbre, la que se organiza sin preguntarse demasiado por qué. Contarla es una forma de detenerla lo justo como para verla.
Miro desde lo que conozco. Desde lo que he visto hacer muchas veces, desde los gestos que se aprenden trabajando y observando, desde los lugares donde la gente se sienta, espera, pide, paga y sigue con lo suyo. Ahí no hacen falta discursos: basta con atender para notar cuándo algo se cuida y cuándo se deja ir, cuándo una palabra sirve y cuándo empieza a estorbar.
He leído a quienes miraban así antes que yo. No para imitarlos, sino porque me enseñaron que pensar no siempre consiste en explicar, y que una escena bien observada puede decir más sobre una sociedad que muchas opiniones juntas. Desde entonces escribo del mismo modo en que miro: con curiosidad, con distancia justa y sin necesidad de sentenciar.
No busco tener razón ni cerrar ideas. Me interesa hacer visible lo que suele pasar sin ruido, porque en esa visibilidad se entiende mejor cómo vivimos y cómo nos tratamos. Hablar de lo que me interesa —y dejar fuera lo demás— ya es una manera de estar en el mundo.
Estos textos nacen ahí.
De mirar con atención lo que tengo delante y dejar que sea eso, y no otra cosa, lo que acabe pensando.
- Ya no hay barra.
Cuando era cría paraba muchas veces con mis padres en la Sidrería Alberto, en la avenida de Pablo Iglesias de Gijón. Era uno de esos sitios donde la barra servía para todo. Había serrín en el suelo, corrían los culetes de sidra y se podía cenar apoyado en el mostrador sin necesidad de mirar una carta. - El síntoma Redzepi
Cuando leí la noticia sobre René Redzepi no sentí sorpresa. Sentí reconocimiento. Quienes han trabajado muchos años en la hostelería saben que ciertos mecanismos no pertenecen a un restaurante concreto ni a una ciudad concreta. A partir de un recuerdo de mis primeros años en Barcelona, intento explicar por qué la vocación ha servido durante décadas como coartada para exigir más de lo que cualquier trabajo digno debería aceptar. - Un elogio al Centollo
Mientras abría el centollo me di cuenta de que llevaba más de cincuenta años comiéndolos. Y que nunca le había dedicado un texto. El centollo no se come con prisa. No puede. Exige tiempo, atención, las manos. Cuando está bien es uno de los sabores más precisos que conozco: marino pero no agresivo, profundo sin ser pesado. Hay algo en el centollo que no admite mezquindad. - Oricios
El oricio en Asturias no se entiende solo desde la cocina. Antes están el uso, el precio, la extracción y la forma de vida que lo sostuvo durante décadas. Pensarlo hoy exige asumir una incomodidad: no todo lo que se puede vender debería celebrarse. - Los Guajes.
Comer fuera no siempre va de lo que hay en el plato. A veces basta una mesa compartida, un ruido fuera de sitio o la ausencia de un límite para que la comida se estropee sin hacer ruido. Una observación sobre los guajes, la sala y ese equilibrio frágil que permite, o no, comer tranquila.