Quién soy
Me llamo María Luisa Moratín y nací en La Camocha, cuando el carbón aún marcaba las manos y el aire olía a humedad y legumbre. En las casas se cocinaba con lo que había, pero también con lo que se recordaba. Allí aprendí que pelar una patata, poner la mesa o saber cuándo callar podían decir más del mundo que muchos discursos bien armados.
Crecí entre cocinas pequeñas y conversaciones grandes. Entre vecinas que discutían el punto del potaje y hombres que callaban más de lo que decían. Con el tiempo entendí que el trabajo —ese verbo que casi nunca aparece en las reseñas— enseña a mirar despacio. Que la atención al detalle, cuando no busca aplauso, también es una forma de inteligencia.
Vengo de una época en la que en los bares había pepitos de ternera y las hamburguesas eran una rareza extranjera. Se pedía vino sin demasiadas preguntas y, cuando alguien lo hacía, el camarero traía el vino. A veces te gustaba y a veces no, pero te lo bebías igual. Durante años me bebí vinos que no me gustaban por educación, por no parecer intensa o porque nadie había dicho todavía que aprender también consistía en equivocarse. Luego llegó la madurez. La del paladar y la otra. Y con ella la tranquilidad de saber decir: esto no es para mí.
He comido mucho y en sitios muy distintos. Por placer, por oficio, por compañía y por pura casualidad. He repetido restaurantes hasta conocerlos mejor que a algunas personas y he salido de otros con la certeza de que aquello no iba a ningún sitio. Con el tiempo una aprende que la gastronomía no es solo lo que llega al plato: es la sala, el ritmo, el gesto, el relato y también el silencio cuando hace falta. Hay lugares que se explican solos y otros que hablan demasiado para no decir gran cosa.
Este cuaderno nace de esa costumbre de mirar mientras se come. De preguntarse por qué algo funciona y por qué otra cosa, aun siendo correcta, no dice nada. Escribo crítica gastronómica porque me interesa entender las propuestas, situarlas en su contexto y comprobar si hay coherencia entre lo que prometen y lo que ofrecen. No puntúo ni hago listas. Nunca me parecieron una forma seria de pensar la comida.
No busco la polémica, pero no la rehúyo cuando aparece. A veces llega sola, como llega un vino mal elegido o una carta demasiado explicada. Cuando sucede, prefiero decirlo con ironía antes que con aspavientos. La ironía es una forma de exigencia educada: permite señalar sin necesidad de levantar la voz.
También uso la gastronomía para mirar la sociedad. No porque me lo proponga, sino porque es inevitable. Comer fuera de casa dice mucho de cómo trabajamos, de lo que valoramos y de lo que estamos dispuestos a pagar —o a tolerar—. A veces hablar de un plato es hablar de otra cosa, y cuando pasa, no miro hacia otro lado.
Este cuaderno se alimenta de comidas, de viajes, de libros leídos sin prisa, de conversaciones largas y de vinos que sorprenden y de otros que confirman sospechas. Me interesa tanto la cocina cotidiana bien hecha como las propuestas ambiciosas cuando están pensadas con sentido. Lo que no me interesa demasiado es la impostura.
Escribo porque me gusta comer, porque me gusta pensar lo que como y porque, sobre todo, me lo paso bien haciéndolo. Dudando, cambiando de opinión y, de vez en cuando, acertando. No hay mucha más épica que esa.
María Luisa Moratín es la voz desde la que se escribe este cuaderno.
No como disfraz, ni como coartada, sino como una forma de mirar con tiempo, con memoria y sin ruido.
A veces las voces necesitan un nombre para poder decir lo que importa.
En cualquier caso, alguien escribe.
Alguien lee.
Y con eso basta.
María Luisa Moratín es una voz literaria.
El proyecto está creado y desarrollado por Saúl Pérez.