Fui a comer a El Piquerón con mi hermano David. Hay comidas que se organizan con tiempo y otras que simplemente aparecen, y esta fue más bien de las segundas. Tremañes tampoco es un sitio al que uno llegue buscando escenario. Talleres, naves, furgonetas, gente entrando y saliendo del trabajo. Otra parte de Gijón, bastante alejada de la ciudad que suele enseñarse.
Mientras esperábamos en la barra a que nos dieran mesa nos encontramos con un amigo al que no veíamos desde hacía casi una década. Estaba tomando un vermú rápido durante un descanso del trabajo, con la furgoneta fuera. Nosotros allí para comer, él haciendo una parada y los tres coincidiendo después de años sin habernos puesto de acuerdo. Gijón todavía tiene bastante de eso.
El local olía a comida de diario y tenía ese ruido de sidrería que no molesta demasiado. Cuando entramos al comedor estaba lleno de gente comiendo el menú antes de volver al trabajo, camareros entrando y saliendo y platos circulando a buen ritmo. El Piquerón abrió en 1941 y no parece demasiado preocupado por ponerse al día estéticamente. Tampoco le hace falta.
Decidimos pedir a la carta. Ya que habíamos ido hasta Tremañes, queríamos probar algo más que el menú: almejas de Carril a la sartén, calamares de potera y chopa al ajillo. Tres platos bastante clásicos y, precisamente por eso, bastante útiles para saber cómo cocina una casa de comidas.
De beber, agua. David tenía la tarde complicada y yo no disfruto demasiado del vino cuando tengo que bebérmelo solo. Hay comidas en las que apetece abrir una botella y otras en las que no. Esta era de las segundas.
Las almejas llegaron primero. Abiertas en su punto, limpias, con apenas aceite en el fondo de la sartén. No necesitaban mucho más. Buen producto, fuego y poco estorbo. Fueron, sin demasiadas dudas, el mejor plato de la comida. Hay veces en que cocinar bien consiste precisamente en no empeorar lo que tienes delante.
Después llegaron los calamares de potera. Firmes, bien marcados y sin esa textura gomosa que arruina tantos calamares aparentemente sencillos. Cuando el producto es bueno y está bien cocinado tampoco hace falta adornarlo demasiado. Estos estaban muy buenos.
La chopa al ajillo merece capítulo propio porque en Gijón la chopa sigue teniendo algo de pescado de casa. No es el pescado que normalmente se utiliza para impresionar a nadie y quizá por eso me gusta tanto encontrarla bien hecha. La de El Piquerón estaba fresca, con la piel ligeramente crujiente, el ajo tostado sin pasarse y la carne prieta, separándose bien del espinazo. Un plato serio.
Mientras comíamos empecé a fijarme en otra cosa. Desde nuestra mesa salía una y otra vez la misma fuente de pollo al ajillo del menú del día. Patatas fritas de verdad y trozos de pollo dorados encima. Pasó tantas veces delante de nosotros que terminé pensando que aquello explicaba bastante bien el restaurante. Hay platos que un sitio vende porque quedan bien en la carta y otros que salen continuamente porque la gente va allí precisamente a comerlos. Aquel pollo parecía claramente de los segundos.
Eso dice bastante de El Piquerón. Es una casa de comidas donde primero se da de comer y después, si acaso, se piensa en todo lo demás. Y agradezco que sigan existiendo lugares así. No porque haya que convertir la cocina tradicional en una reserva natural, sino porque no todo necesita transformarse en una experiencia, una reinterpretación o una declaración de intenciones para tener valor.
El precio, además, fue muy razonable para haber comido a la carta. En un momento en el que salir a comer empieza a exigir cada vez más cálculo, encontrar una cuenta que no te haga preguntarte qué ha ocurrido también cuenta. Cobrar con sentido común es otra manera de tratar bien al cliente.
El servicio estuvo en esa misma línea. Rápido, atento cuando hacía falta y sin estar encima de la mesa. Camareros que conocen el local y saben llevar un comedor lleno. Parece sencillo hasta que ves suficientes sitios donde no lo es.
Y entonces llegó la tarta de queso. Podía haber pasado perfectamente sin ella y lo sabía. La comida estaba acabada. Habíamos comido almejas, calamares y chopa y no necesitaba absolutamente nada más. Pero la pedí igualmente. No era la mejor tarta de queso del mundo ni tenía que serlo. Me hizo gracia pensar, mientras la pedía, que por un dulce tampoco me iban a salir mal los siguientes análisis.
Me la comí.
Y salimos de El Piquerón después de una comida bastante mejor de lo que había previsto al entrar. Sin descubrimientos históricos ni ninguna necesidad de elevar aquello a otra categoría. Buenas almejas, buenos calamares, una chopa muy bien hecha, una tarta de queso que no necesitaba y el pollo al ajillo desfilando continuamente hacia otras mesas.
El Piquerón no necesita ser extraordinario. Con dar bien de comer ya tiene bastante trabajo.



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