A veces a una la invitan a comer por pura inercia del oficio. Tanto recomendar, tanto advertir, que al final te invitan con la promesa de no hablar de cocina, como si hubiera conversaciones más importantes que las que nacen alrededor de una mesa. Será que una ya tiene una edad y una memoria muy trabajada, pero sigo convencida de que las decisiones de verdad —las que cambian el pulso de un día o de una vida— casi siempre se toman con un plato delante. El resto es trámite: correos, reuniones, pantallas. Lo esencial, lo que de verdad sostiene, se cocina con tiempo y sin ruido.
Llegamos a El Piquerón a la hora en la que la luz cae atravesada sobre Tremañes, ese barrio donde Gijón revela su parte más sincera: talleres, naves, furgonetas colocadas a medias y una vida cotidiana que no se maquilla. Entramos y, mientras esperábamos en la barra a que nos dieran mesa, nos encontramos con un amigo al que no veíamos desde hacía casi una década. Estaba tomándose un vermú rápido, en un descanso furtivo de su trabajo con la furgoneta. Cada uno provenía de un barrio distinto, cada cual con su rutina y su memoria, pero allí estábamos los tres, coincidiendo por primera vez en años en ese pequeño refugio. Esa clase de casualidad solo ocurre en ciudades como Gijón, donde los encuentros improbables siguen siendo posibles.
El local olía a comida seria —la de diario— y a ese punto de sidrería donde el ruido no molesta sino que acompaña. Entramos al comedor cuando la sala estaba en su mejor momento: cucharas chocando con los platos, camareros que se mueven con solvencia, trabajadores apurando el menú del día antes de volver al tajo. El Piquerón no presume de nada, y esa falta de artificio es su mayor logro. Nació en 1941, y se nota: allí no hay prisa por parecer moderno. Lo que hay es continuidad.
Yo llegaba con la serenidad de quien conoce estos refugios donde el menú del día es una institución y las conversaciones encuentran su ritmo propio. Decidimos pedir a la carta —ya que habíamos ido hasta Tremañes, era justo medir la cocina con algo más que el menú—: almejas de Carril a la sartén, calamares de potera y chopa al ajillo. Tres platos que, bien hechos, dicen más de una casa de comidas que cualquier declaración solemne.
De beber, agua. Ellos tenían tarde complicada y yo no disfruto del vino cuando lo tomo sola. A estas alturas, ya sé distinguir cuándo una copa me acompaña y cuándo me estorba.
Las almejas llegaron primero, y con ellas un silencio breve, de esos que se hacen cuando un plato trae consigo una promesa. Venían abiertas en su punto justo, limpias, brillantes, apenas una gota de aceite en el fondo de la sartén. El olor era rotundo: fuego directo, mar reciente. Las probé y confirmé lo que intuía: sabían a cocina que no molesta al producto. Nada más que calor, respeto y esa mezcla de salinidad y dulzor mineral que tienen las almejas cuando están bien tratadas. Fue, sin rodeos, el mejor plato del día. A veces me pregunto por qué nos complicamos la vida cuando un gesto tan sencillo puede ser tan perfecto.
Los calamares de potera aparecieron con ese aplomo que no necesita disfraz. Firmes, bien marcados, sin rastro de la goma traicionera que tanto abunda. Me gusta cuando la potera llega así: sin discursos, sin ornamentos, sin esa urgencia moderna de justificarlo todo. Cuando el calamar es bueno y la mano que lo cocina es segura, lo mejor que puede hacerse es apartarse y dejar que el bocado hable.
Y entonces llegó la chopa al ajillo, plato mayor en esta ciudad. Gijón siempre ha tenido esa división silenciosa entre lo que se sirve al turista —besugo, virrey, rodaballo si está alegre— y lo que pide la gente de casa cuando confía en la cocina. La chopa está en este segundo grupo: pez de roca, con carácter, sin modales para la foto. Si llega fresca, es un éxito absoluto; si no, es mejor no intentarlo. La de hoy era de las primeras. La piel ligeramente crujiente, el ajo tostado sin exceso, la carne prieta, separándose sola del espinazo. Un plato humilde pero serio, de esos que te reconcilian con la verdad del producto.
Mientras comíamos, el comedor seguía su propia música. Desde mi mesa, vi pasar una y otra vez la misma fuente de pollo al ajillo del menú. Una montaña de patatas fritas de verdad, nada de inventos, coronada por trozos de pollo dorados y jugosos. Aquella procesión constante era un mantra, un recordatorio de la firmeza de la comida sin rodeos. Larga vida al pollo al ajillo cuando se presenta así, sin pretensión y perfecto.
Esa procesión de bandejas decía más del local que cualquier discurso. El Piquerón es de esos lugares donde la comida aún se sirve con una idea muy clara: alimentar antes que impresionar. Y yo, que llevo años batallando contra la espectacularización de la cocina, agradezco profundamente ver que hay sitios que se mantienen fieles a lo cotidiano.
El precio, para ser carta, fue casi una caricia. Moderado, sensato, honesto. No hay manera más limpia de demostrar respeto por el cliente que no convertir la comida en un lujo artificial. Ese equilibrio, tan difícil de ver hoy, es una de las virtudes del local.
El servicio acompañó como debe acompañar un buen servicio: sin hacerse notar. Camareros con oficio, sin afectación, atentos en lo necesario y discretos en lo que no requiere palabra. Una, que ha sido jefa de sala, reconoce esas cosas al vuelo: la profesionalidad tranquila es siempre mejor que la cortesía ruidosa.
Cuando salimos, Tremañes estaba en esa transición entre la tarde y la noche en la que las naves cierran, las furgonetas arrancan con cierto cansancio y el aire tiene olor a metal húmedo. Caminé hacia el coche con esa serenidad que deja una comida honesta. Y entonces me acordé de la tarta de queso.
Podía haber pasado sin ella. Y lo sabía. No era la mejor tarta de queso del mundo, ni falta hacía. Pero llevaba tal alegría por dentro —las almejas, la potera, la chopa bien tratada— que me dije a mí misma, como quien se perdona un exceso menor: “Hoy un dulce no te va a salir en los análisis.” Y la pedí. Y la comí. Y luego, ya caminando, me reí sola de ese remordimiento absurdo que tenemos las mujeres cuando sabemos que algo no era necesario y aun así lo celebramos.
Ese pequeño desliz cerró la comida de forma inesperadamente humana. No memorable, pero sí coherente, como tantas cosas que forman parte de un día que resulta más redondo de lo que una anticipa.
Mientras abría la puerta del coche, con el regusto dulce de aquel desliz innecesario, pensé que El Piquerón no aspira a ser extraordinario. Aspira a ser verdadero. Y, a estas alturas de la vida, con eso me doy más que por servida.




Deja un comentario