La copa.

Durante años se ha hablado de vinos, de platos, de relatos y de experiencias, y muy poco del recipiente que lo sostiene todo. La copa suele quedar relegada a un segundo plano, como si fuera un detalle menor. Y, sin embargo, pocas cosas condicionan tanto lo que se bebe y lo que se percibe.
Una copa no es un adorno. Es una herramienta. Su forma, su tamaño, el grosor del cristal, la manera en que conduce el vino hacia la boca influyen en los aromas, en la temperatura, en la textura y hasta en el recuerdo que deja.
No es una cuestión técnica ni elitista.
Es física básica y sentido común.
En un restaurante, la copa dice mucho más de lo que parece. No tanto por la marca —que importa menos— como por la intención. Elegir una copa adecuada, cuidarla y usarla bien es una señal clara de atención al detalle. Cuando eso falla, cuando se sirven vinos interesantes en copas pequeñas, gruesas o pensadas para todo, una empieza a sospechar que el nivel general tampoco va a ser el que promete.
Hay una falsa modernidad que ha querido convertir el descuido en gesto. Servir vino en recipientes que no están pensados para beberlo se presenta a veces como algo desenfadado, incluso rompedor. A mí me sigue pareciendo una pose. No hay nada contemporáneo en estropear lo que tienes entre manos.
La copa no tiene que ser espectacular.
Tiene que ser correcta.
Y eso vale tanto para un restaurante ambicioso como para una mesa sencilla. Una buena copa no convierte un vino mediocre en bueno, pero una mala copa sí puede arruinar uno que merece la pena.
En casa ocurre algo parecido. Durante mucho tiempo se ha asociado sacar una buena copa con una ocasión especial, como si el cuidado estuviera reservado a los días señalados. A una, con los años, le deja de parecer exagerado. No va de solemnidad, sino de respeto. Beber un vino en una copa limpia, pensada para ello, es una forma mínima de cuidado personal. No hace falta ceremonia. Basta con no despreciar el momento.
Philippe Delerm escribió mucho mejor que yo sobre esas pequeñas decisiones cotidianas que hacen la vida más habitable. La copa pertenece a ese territorio. No añade lujo, añade atención. Y la atención, en gastronomía y fuera de ella, es cada vez más rara.
Por eso conviene no subestimar el poder de una copa de calidad. No porque eleve el vino, sino porque revela la actitud de quien lo sirve y de quien lo bebe. Y esa actitud, al final, es lo que más se nota.

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