La importancia del pincho.

He pasado este año más tiempo en barras que en museos. A veces por trabajo, a veces por costumbre. He recorrido la cornisa de oeste a este —de Galicia al País Vasco, de los bares de Gijón a las calles de Vitoria— y en cada tramo he encontrado una forma distinta de entender el mismo gesto: servir una bebida y acompañarla con algo que se come de pie. Parece un detalle, pero en ese detalle se lee un país. La manera en que se cobra o se ofrece un pintxo, la naturalidad con que alguien lo deja sobre la barra, revela más sobre la economía, la educación y la idea de comunidad que muchos informes.

Recuerdo un mediodía en Zarautz, con el viento del Cantábrico abriéndose paso entre los clientes y el txakoli brillando en los vasos como si también tuviera sal. Pedí un pintxo de tres bocados exactos. Costaba cuatro euros. Nadie discutía el precio: allí se paga la pieza, el oficio y el gesto. En Donostia, en el viejo Vallés donde nació la Gilda en 1948, esa pequeña banderilla de aceituna, piparra y anchoa sigue siendo una declaración de principios. Comer de pie es una coreografía, y cada cliente sabe cuándo entra en escena.

Un poco más al oeste, en Santander, la coreografía cambia. A mediodía reinan las rabas y el vermut. El camarero deja el plato en el centro y las conversaciones se mezclan con el olor del aceite. En San Vicente o en Comillas, el aperitivo del domingo tiene algo de ceremonia civil: un modo de medir la distancia entre el mar y la comida. Allí también se paga, pero no por el gesto. Se paga por la ración compartida, por el rato detenido antes de volver a casa.
En Asturias, la sidra manda. Las botellas se piden de dos en dos, los culines se reparten y el tiempo se alarga. No hay pincho individual: hay tapas que acompañan la conversación. Lo habitual es que, con la primera botella, aparezca un detalle: unas patatas recién fritas, un trozo de tortilla, un plato de embutido. Sería impensable una sidrería sin ese gesto. El cliente lo espera, como se espera el saludo al entrar. Y cuando la cocina es buena, el pincho no se limita a acompañar: anuncia lo que vendrá.

En Galicia ocurre algo parecido. Pedir una bebida y recibir una tapa gratuita sigue siendo una costumbre firme, aunque cada vez más sujeta a cálculo. En Ourense, en Lugo o en los barrios de A Coruña, el vino turbio llega con un bocado de tortilla o de zorza, como quien ofrece compañía al vaso. No es una estrategia de fidelización, sino una forma de cortesía heredada. Si la tapa no aparece, el cliente lo nota, como si se hubiera roto una tradición doméstica. Esa gratuidad educa, y recuerda que el bar también forma parte de la vida común.

En cambio, en el País Vasco la lógica es distinta. El pincho tiene precio, nombre propio y composición cuidada. Se cobra el oficio, la materia y la idea. Allí la barra se organiza como una exposición: cada pieza se presenta al público y se paga con naturalidad. No hay engaño ni disimulo: el sistema es otro, y funciona.

He observado, sin embargo, que en toda la cornisa las reglas empiezan a moverse. El turismo, la prisa y el cálculo han alterado la temperatura de las barras. En Donostia o en Bilbao, las cañas se cobran a cinco euros y los pintxos se acercan al menú de restaurante. En Santiago o en A Coruña, algunos bares nuevos ya prescinden de la tapa. El visitante paga sin preguntar; el vecino, poco a poco, deja de reclamar. El gesto que antes definía la casa se convierte en gasto que conviene evitar.

En Asturias, donde el pintxo de cortesía todavía resiste, también se nota el desgaste. Detrás de ese detalle amable hay ahora una hoja de cálculo. La mayoría de los bares fijan un gasto máximo por consumición, casi siempre inferior a cincuenta céntimos. Con ese margen, ningún oficio es posible. Donde antes salía una tapa de guiso o una tortilla casera, aparece hoy un puñado de patatas de bolsa o una aceituna sin historia. El pincho se industrializa, y con él la relación entre quien sirve y quien bebe. En los locales con cocina propia aún se fríe algo digno; en los demás, el gesto se convierte en trámite. En los que se anuncian como “gourmet”, la paradoja es mayor: ofrecen el mismo aperitivo que un aeropuerto.

Aun así, hay excepciones. Hace poco, en Vitoria, encontré una cervecería con fábrica propia que servía sus cañas junto a una tabla de fuet cortado al momento, con picos y cuchillo. Distintos tipos, buena materia prima, y un precio justo: poco más de dos euros y medio. Nadie hablaba de maridaje, nadie hacía fotos. Todos comían con gusto. Pensé que aquello era lo que hacía falta: no lujo, sino criterio. Un bar que ofrece un fuet decente enseña más sobre la cultura de un lugar que otro que cobre una fortuna por una aceituna sin vida.

Esa diferencia de criterio se nota también en los precios. En Asturias, como en otras regiones del norte, los precios han ido subiendo desde el momento en que el cliente ideal dejó de ser el de siempre. Se piensa en el turista con la cartera suelta, no en el vecino que vuelve cada semana. Es la misma lógica que con los pisos: si se puede alquilar a quien viene de paso y paga más, ¿por qué mantener un precio razonable para quien sostiene el barrio? La cultura del pelotazo ha entrado también en la hostelería. Se busca rentabilidad inmediata, no continuidad. Y mientras se extrae más del visitante, se empobrece al lugar.

No lo digo con nostalgia, sino con cierta preocupación. Las barras del norte fueron durante décadas un espacio de equilibrio: cada uno sabía lo que le correspondía dar y recibir. Hoy ese acuerdo se desdibuja. Las tapas gratuitas se abaratan, las de pago se encarecen y la cocina intermedia desaparece. En medio de esa transición, los bares con oficio siguen siendo refugio: lugares donde aún se siente el pulso de lo cotidiano.

He aprendido, a lo largo de estos viajes, que el pintxo no es solo un bocado: es un idioma. En Donostia dice precisión; en Santander, compañía; en Gijón, confianza; en Galicia, bienvenida. Cada palabra tiene su tono y su economía. Donde la cortesía persiste, la barra sigue siendo territorio compartido. Donde se calcula cada gesto, la relación se enfría.

No hay una moral única. La barra vasca es exacta y profesional; la cántabra, generosa y ruidosa; la asturiana, fiel a su tiempo de sidra; la gallega, hospitalaria y paciente. Cuatro maneras de estar en el mundo, cuatro formas de entender la sociabilidad. Ninguna mejor que otra, todas en peligro de parecerse demasiado.

Hace poco, en una taberna de Ourense, pedí un vino blanco. Llegó con una tapa de cocido, humeante y generosa. Era martes y el local estaba lleno de gente del barrio. Nadie hacía fotos. Pensé entonces que el equilibrio aún era posible: que un bar puede seguir siendo bar mientras conserve ese gesto, tan sencillo como necesario.

Si algún día lo perdemos, no será solo una costumbre gastronómica la que desaparezca. Será una forma de relación. Porque en el fondo, lo que el pintxo nos recuerda no es cómo comemos, sino cómo nos tratamos.

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Jamón batido y dos cañas.

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