Cervezas Limbo, o beber de otra manera.

Hay bares que no parecen importantes cuando una entra. No levantan la voz, no prometen nada extraordinario, no te reciben con una pantalla encendida ni con una carta interminable. Limbo es uno de esos sitios. Está en Gijón, en San Lorenzo, pero podría estar en cualquier ciudad donde empiece a notarse cierto cansancio del exceso. Uno entra y no pasa gran cosa. Y eso, hoy en día, ya es mucho.

Limbo no responde a la idea tradicional de cervecería que hemos ido acumulando estos años. No hay televisiones, no hay deportes, no hay ruido impuesto. La carta es corta, discreta, casi tímida. Se bebe cerveza —cerveza hecha allí mismo—, también vinos naturales, y se acompaña con algo sencillo, sin pretensiones. Nadie parece tener prisa. Nadie viene a batir marcas.

Lo singular no es solo que elaboren su propia cerveza dentro del casco urbano, algo poco habitual todavía en una ciudad como Gijón. Lo singular es que lo hagan sin convertirlo en espectáculo. La fábrica está ahí, pero no se exhibe. Produce, sirve, y además distribuye a otros negocios. Oficio, escala humana, economía real. Nada más y nada menos.

Durante años hemos asociado el beber a la acumulación: más rondas, más grados, más ruido. Y, sin embargo, algo está cambiando. Hoy sabemos más que antes. Sabemos más de casi todo, y también de lo que bebemos. No porque seamos mejores, sino porque hemos probado más, leído más, vivido más. Eso se nota. El consumo baja, pero el criterio mejora. Se bebe menos, sí, pero se bebe de otra manera.

Conviene aclararlo para no caer en el malentendido habitual: una cosa no sustituye a la otra. A una le puede gustar perfectamente tomarse una Estrella Galicia en el bar de debajo de casa, de pie, sin pensar demasiado, y al mismo tiempo agradecer que existan lugares donde la bebida se piensa, se produce y se sirve con otro tempo. No hay contradicción ahí. No hay que elegir bando.

Por eso Limbo resulta interesante, no tanto por sí mismo como por lo que representa. No viene a corregir nada ni a dar lecciones. No pretende mejorar a nadie. Simplemente existe en un momento concreto, cuando una parte de la sociedad empieza a pedir otra relación con el alcohol, con el tiempo y con la barra. Beber no como evasión ni como reto, sino como gesto compartido.

La barra sigue siendo el centro. La conversación también. Lo que cambia es el ritmo, la atención, el tipo de disfrute. No es una ruptura cultural, es una deriva. Y no todas las derivas son necesariamente malas. No vamos a decir que la sociedad mejore —eso sería decir demasiado—, pero sí que cambia. Y algunas de esas transformaciones, vistas con calma, resultan aceptables.

Al menos, a los ojos de una.

Deja un comentario

Descubre más desde El Cuaderno de Moratín

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo