La primera vez que fui a Casa Farpón fue el 11 de octubre de 2024. Volví diez días después. La tercera visita llegó algo más tarde, el 21 de noviembre de 2025. No han pasado ni dos años desde aquella primera comida y, sin embargo, me tocó conocer el restaurante en un momento bastante interesante: cuando todavía convivían, al menos en parte, El Asador de Abel y Casa Farpón.
Llegué la primera vez sin demasiadas referencias. Sigue siendo una de las mejores maneras de entrar en un restaurante, aunque cada vez resulte más difícil. Ahora miramos la carta, Google, las fotos, las reseñas, dónde aparcar y casi el postre antes de reservar. Hay días en los que uno se sienta a la mesa con media experiencia ya consumida.
Lo que encontré fue un asador de aspecto bastante clásico, la parrilla a la vista y pocas ganas de convencerme de que aquello era una experiencia.
Entre todo lo que he comido en esas tres visitas me quedo especialmente con las croquetas, la tortilla de bacalao, el chuletón y un torrezno servido con limón asado.
Lo del limón con el torrezno puede parecer, escrito en una carta, otra ocurrencia para complicar algo que ya estaba bien. Luego lo pruebas y entiendes que está ahí por algo. La acidez corta la grasa y hace que vuelvas al torrezno con fuerzas renovadas. Mucho más útil que ponerle tres puntos de una emulsión y llamarlo revisión contemporánea.
El chuletón tampoco necesitaba demasiada literatura. Carne, hueso, grasa, brasa y patatas. La gastronomía lleva años haciendo esfuerzos extraordinarios para explicarnos cosas que llevamos siglos entendiendo perfectamente.
Entre mi primera y mi última visita pude comprobar además cómo terminaba de asentarse la nueva identidad de la casa. Javier Álvarez Farpón había llegado al antiguo Asador de Abel después de cerrar su etapa en Mamorana. Durante aproximadamente dos años convivieron los dos nombres hasta que la transición quedó completada bajo Casa Farpón. Lo interesante es que el cambio no ha consistido en borrar lo anterior, sino en ir llevando aquel asador hacia otro sitio sin dejar de ser reconocible.
Que parece fácil hasta que vemos lo que suele suceder cuando alguien decide «actualizar» un restaurante.
Se quita la madera, se pinta todo de gris, se compran unos platos que no caben bien en el lavavajillas, se cuelgan tres lámparas que parecen rescatadas de una fábrica de Riga y alguien redacta un texto explicando que el proyecto inicia un diálogo con el territorio.
En Casa Farpón siguen estando la parrilla, las carnes, la cuchara y las croquetas. Y alrededor de eso ha ido entrando la personalidad de Farpón, el pescado, el producto de temporada y una cocina algo más afinada sin necesidad de avergonzarse de lo que había antes.
Pero hay una parte de Casa Farpón que para mí merece capítulo aparte: el vino.
Juan Luis García me parece un sumiller sensacional.
No solamente porque sepa muchísimo. Eso, tratándose de un buen sumiller, deberíamos poder darlo por descontado. Lo interesante es que consigue utilizar ese conocimiento sin recordarte constantemente que él sabe muchísimo y tú bastante menos.
Hay sumilleres que recomiendan una botella y de paso consiguen que te sientas culpable por no haber estudiado Enología. García produce el efecto contrario. Te entran ganas de probar.
Las fotografías de aquellas comidas me permiten recordar algunas de las botellas que fueron pasando por la mesa: Cortias, Siluvio, Galiana de Limés, Aroma de Ibias… Cangas en blanco y en tinto y maneras diferentes de acercarse a una zona vinícola que todavía tiene muchísimo por contar.
Y no recuerdo aquello como una cata. Esa es precisamente la gracia.
Nadie nos sentó a tomar apuntes ni hubo que empezar a encontrar sotobosque, grafito y recuerdos de la infancia. Estábamos comiendo. Llegaba un vino, García contaba lo necesario, probábamos y aparecía el siguiente. Para mí ahí está buena parte del oficio: no en demostrar cuánto sabe quien sirve el vino, sino en conseguir que quien está sentado quiera saber un poco más.
La comida todavía tuvo un par de finales estupendos: Hibernis, una sidra de hielo asturiana, y un Graham’s Tawny de diez años. Asturias y Oporto compartiendo sobremesa sin que nadie tuviese que justificarlo demasiado.
Eso también me gusta.
El producto asturiano no necesita aparecer en una mesa vestido de regionalismo. Un vino de Cangas o una sidra de hielo pueden compartir comida con un Oporto porque son buenos y porque alguien ha decidido que encajan. Sin complejos y sin golpes en el pecho.
Así entiendo una buena bodega.
Casa Farpón tampoco es un restaurante económico. Conviene decirlo.
No puedo contar cuánto pagué porque no pagué yo. Sí vi los precios y en ninguna de mis visitas tuve la impresión de que me estuviesen tomando el pelo. Y para mí hay una diferencia considerable entre las dos cosas.
Hay restaurantes baratos que terminan pareciendo caros y restaurantes caros en los que entiendes perfectamente dónde está el dinero. Mi impresión de Casa Farpón pertenece a los segundos. Hay producto, cocina, una sala profesional, una bodega muy trabajada y tiempo dedicado a la mesa.
También tengo bastante claro para qué tipo de ocasiones lo elegiría.
Me parece un restaurante magnífico para una comida de negocios. También para una celebración familiar especial, para juntarse con amigos con intención de alargar la sobremesa o simplemente para uno de esos días en los que has decidido comer bien y asumir las consecuencias.
No pretende ser el sitio al que bajas un martes porque tienes la nevera vacía.
Tampoco hace falta.
Prefiero un restaurante que sabe perfectamente lo que quiere ofrecer y a quién que uno dispuesto a convertirse sucesivamente en gastronómico, sidrería, bar de vinos, brunch, cafetería y casa de comidas con tal de tener la puerta abierta dieciséis horas.
Y eso lleva a una de las cosas que más me interesan de Casa Farpón: sus horarios.
El establecimiento concentra actualmente su actividad en el servicio de mediodía de lunes a sábado y cierra el domingo. Yo leo ese horario también como parte del modelo de restaurante.
Durante demasiado tiempo la hostelería ha manejado una idea bastante disparatada del éxito. Si el negocio funciona, abres más horas. Si funciona todavía mejor, abres más días. Y si ya no ves a tu familia ni recuerdas qué aspecto tenía un domingo libre, enhorabuena: debes de estar triunfando.
Juan Luis García explicó al incorporarse al proyecto que buscaba precisamente más calidad de vida, mejores horarios y más tiempo fuera del trabajo. En un sector que lleva años preguntándose por qué cuesta encontrar profesionales mientras continúa normalizando jornadas imposibles, no me parece un asunto menor.
Casa Farpón me parece un buen ejemplo de que hay otra posibilidad: concentrar los servicios, cobrar lo que cuesta hacer las cosas bien y construir un restaurante que no necesite tener la puerta abierta permanentemente para funcionar.
Quizá una de sus decisiones más modernas no esté en ningún plato.
Está en cerrar.
Después de tres visitas, lo que más me gusta de Casa Farpón es precisamente esa sensación de que sabe perfectamente qué restaurante quiere ser. Un asador con ambición que no se avergüenza de seguir siendo un asador. Una cocina donde importan el producto y la brasa. Una sala en la que el vino puede convertir una comida en algo bastante más interesante. Un sitio caro, sí, pero en el que al menos yo entendí por qué lo era.
Y uno puede sentarse simplemente a comer.
No hace falta interpretar el plato ni comprender el concepto. Y desde luego no necesito que una croqueta me cambie la vida.
Con que esté cojonuda debería bastar.







Ficha del restaurante


Deja una respuesta