Raíces: precisamente lo que se echa en falta

Lorenzo volvió de comer con Xurde un lunes por la tarde, y traía cuento. Yo andaba con lo mío, que nunca se acaba, y lo oí desde la cocina antes de verlo entrar. Ya supe por el tono que venía con ganas de comentar la jugada.

Xurde andaba unos días por Gijón, como otras veces. Vive fuera, y cuando viene hay que buscar sitios que sirvan para los dos. Lleva años comiendo donde puede, sin dar guerra. Habían ido a un local nuevo, cerca de Corrida. Raíces, se llama. El día de la inauguración estaba a reventar —eso ya lo habíamos visto Lorenzo y yo al pasar una tarde cualquiera— y a él le había quedado la curiosidad. Pensó que era buen momento. El lunes, hacia las dos menos cuarto, enfilaron la calle y vieron en la puerta a tres chicos tomándose un café y fumando. «Muy guais», dice Lorenzo, como si supieran que alguien los estaba mirando. Entraron.

No supieron si esperar, sentarse o pedir mesa. Preguntaron a uno que estaba de pie junto a la barra, que los miró un momento antes de contestar: «Donde queráis». Les alcanzó una carta. Corta. «Bastante healthy», dice Lorenzo con esa pronunciación suya que siempre me hace gracia. Quinoa, un wrap de pollo, un aguacate a la plancha. Se pedía en la barra y se pagaba en el acto, antes de comer. Esto último lo cuenta con el ceño ligeramente fruncido, porque a Lorenzo, que viene del campo y del vino, lo del cobro por adelantado siempre le parece una pequeña ofensa.

La mesa estaba sin recoger. La de antes, quiero decir: las consumiciones de otros clientes seguían ahí cuando ellos se sentaron. Xurde pidió que la limpiaran. Se la limpiaron.

Lo que me contó después es lo que más me interesa, y ahí Lorenzo se anima. Había una fotógrafa trabajando para el local, haciendo fotos a los platos, a las paredes, a los clientes que se dejaban. Xurde y él se apartaron del encuadre sin decir nada, como quien ha ido a comer y no a salir en ninguna parte. Había también dos chicos que parecían de la casa —dueños o encargados, no quedó claro— yendo de un lado a otro, hablando en alto por encima de las mesas. Y a media comida entró una decoradora. La recibieron con entusiasmo y empezaron a explicarle, delante de todo el mundo, qué querían cambiar: esa pared, esa lámpara, eso de ahí. Xurde y Lorenzo comieron escuchando cómo se rediseñaba el local en tiempo real.

Lorenzo subió al baño. Junto al lavabo se encontró otro corrillo: tres personas discutiendo cosas que estaban sin hacer, a las que se sumó después una camarera. Ninguno bajaba la voz. Él se lavó las manos despacio, por cortesía, por no interrumpir.

La comida llegó desordenada. El aguacate, sin más: dos gotas de una salsa que, según Xurde, era lo único aprovechable del plato. La ensalada, pasable. Lorenzo dice que el pollo venía crudo por dentro. Lo dejó.

—Al menos la salsa estaba hecha —dijo Xurde, cuando ya salían.

Lorenzo me lo cuenta en la cocina, apoyado en el marco de la puerta, con la chaqueta todavía puesta. No está enfadado. Está entre divertido y perplejo, que es el estado en el que suele volver de los sitios nuevos. Dice que el local está bien, que tiene luz, que se nota que han pensado mucho en cómo se va a ver. Y ahí se queda un momento callado, porque él mismo se oye decirlo: en cómo se va a ver.

Hay una cosa que Xurde le dijo, y que él me repite: se nota que saben lo que quieren ser, pero todavía no les llega. Yo creo que ahí está el asunto. Hay cosas que no se pueden improvisar el día que una abre la puerta. Mientras tanto, eso sí, ya cobran por adelantado.

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