Cabo Vidio: donde el mar habla y el chef no calla.

Éramos cuatro y celebrábamos un cumpleaños. Llegamos puntuales, pero aun así comenzamos tarde: el comedor no estaba preparado y Jairo López, dueño y alma de Cabo Vidio, andaba en el patio recogiendo unas alfombras como quien desmonta un escenario. Mientras doblaba las telas nos regaló, de paso, una improvisada lección sobre historia persa, demostrando que en esta casa la comida no empieza en el plato, sino en la palabra. Con él, la espera no se sufre: se convierte en prólogo.

El restaurante, en Oviñana, se levanta como prolongación del Cantábrico. Su comedor rústico tiene la sobriedad de lo familiar y su terraza, en cambio, esa tarde otoñal, se mostraba un tanto destartalada, con sillas desordenadas y plantas agotadas por el verano. Me habían dicho que en temporada alta luce con mucha más dignidad, y lo creo, pero aquella melancolía de final de estación también tenía su belleza, como si el lugar no tratara de esconder el paso del tiempo.

El inicio fue tan sencillo como certero: pan con mantequilla, un gesto humilde que marcó el compás. Después, el primer detalle de la casa: unas croquetas de calamar con bechamel ligera y mayonesa de ajo negro, que no habíamos pedido pero que nos regalaron como entrante. En ellas se intuía ya la norma de Cabo Vidio: la improvisación convertida en hospitalidad.

Los calamares en su tinta, pescados —según Jairo— la noche anterior, fueron el núcleo del banquete. Venían con arroz blanco, aunque yo los habría querido con patatas, más acordes con la densidad de una salsa negra que pedía cuchara y pan. Aun así, estaban impecables, tersos, con ese sabor a mar reciente que sostiene toda una memoria. Tras ellos llegó el virrey al horno con patatas panadera, solemne y exacto: carne jugosa, patata absorbente, aceite medido. Difícilmente mejorable. Hubo un instante de silencio en la mesa, esa pausa de respeto que otorga lo elemental bien hecho.

El postre, una tarta de queso horneada con corrección, se presentó acompañado por el segundo detalle: un requesón de finura excepcional, fresco y ligero, casi más memorable que la propia tarta. Y mientras aguardábamos el café, llegó el tercero: cuatro copas de oporto que suavizaron la espera y pusieron un broche elegante a la sobremesa.

Pero el momento que definió la jornada ocurrió cuando Jairo supo que celebrábamos un cumpleaños. Preguntó al homenajeado qué música le gustaba y, tras escuchar “Metallica”, hizo sonar el Black Album a un volumen que no era el de un estadio, pero sí lo bastante alto como para que durante la comida nos diese tiempo a recorrer el disco entero y hasta algún directo añadido. Lo inesperado fue la reacción: las mesas cercanas sonrieron, sorprendidas, pero con gesto de aprobación, como si aquel metal improvisado se hubiera convertido en la banda sonora natural del comedor marinero. Fue un gesto íntimo y a la vez comunitario, que reforzó la idea de que aquí se viene tanto a comer como a compartir un guión abierto donde cada cliente puede ser protagonista.

Todo esto se entrelazaba con la verborrea inagotable de Jairo, que pasaba de la inmigración a la política, de sus recuerdos londinenses a los precios del pescado. Su discurso entretiene, ilumina a ratos e incomoda en otros, y plantea preguntas que merecen ensayo aparte: ¿qué puede o debe decir un profesional de la hostelería en plena faena?, ¿dónde están los límites de la opinión no solicitada?, ¿hasta qué punto un comentario escabroso puede torcer la armonía de una velada? El comensal se entrega a la mesa, pero también queda expuesto al discurso del anfitrión. Y esa tensión, tan singular aquí, es parte de lo que hace inolvidable la experiencia.

La carta de vinos, con precios inflados en varias referencias pero también con sorpresas escondidas, funciona en buena medida al dictado de Jairo. Se bebe lo que recomienda, y conviene dejarse llevar. Así transcurrió la estancia: tres horas y media entre pausas largas, gestos inesperados y un ambiente que oscilaba entre lo solemne y lo festivo.

Las guías lo refrendan —MICHELIN lo recomienda, Repsol lo distingue con un Solete— y la prensa lo certifica: en 2023 Meryl Streep eligió Cabo Vidio como última parada gastronómica durante los Premios Princesa de Asturias, probando fabes con cocochas como quien cumple un rito. Pero más allá de las medallas, lo que queda es esta certeza doble: el Cantábrico como despensa y la palabra como condimento. Lo primero es incuestionable; lo segundo, parte del espectáculo. Y por eso, pese a la terraza otoñal algo mustia, los precios discutibles de la bodega o el torrente inagotable de opiniones del anfitrión, uno sale con la sensación de haber asistido a una experiencia irrepetible. Y eso basta para querer volver.

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