Fui a Navaja Concept el pasado 23 de diciembre con seis amigas. Somos un grupo que se ve poco y se cuida mucho: una vez al año quedamos para comer juntas, sin prisas, buscando una experiencia gastronómica que se salga de lo habitual. No vamos a celebrar nada concreto; vamos a comer bien, a observar, a probar, a hablar. Y esa expectativa, ya de entrada, se cumplió.
Éramos siete. Una menos y habríamos estado en la barra, que es claramente el lugar natural de la casa. Siete obligan a una mesa grande, y eso condiciona el ritmo y la percepción del menú. Aun así, nos abrieron el restaurante solo para nosotras, un gesto que marcó el tono de la comida: atención, tiempo y disposición. Hay proyectos que saben que, cuando alguien entra con intención, conviene responder con cuidado.
Navaja es un proyecto pequeño, sostenido por dos personas, y eso se nota. Para bien, porque hay conocimiento, técnica, riesgo medido y una gramática culinaria reconocible. El menú no juega a la provocación ni al fuego artificial: propone una cocina contemporánea de producto, bien armada, que dialoga con México, Japón o Francia sin perder el deseo de dar de comer en serio. El conjunto es largo, exigente y ambicioso, más cercano a un restaurante gastronómico urbano que a un concepto relajado de costa.
Hubo varios platos que sostuvieron la comida con claridad. El aguachile de zanahoria y guajillo con dorada madurada fue uno de ellos: un plato de autor, no complaciente, técnicamente ambicioso y con identidad propia. Aquí la técnica no se exhibe, pero condiciona el resultado: maduración, acidez y grasa están medidas para construir tensión, no confort.
El curry de carabinero con gamba roja y chicharrón de cerdo llevó el menú a un territorio exuberante y bien domesticado, donde la grasa fija el conjunto y el especiado acompaña sin imponerse. Y el pixín en tempura con jugo de callos fue un gesto de memoria popular bien traducida, preciso y oportuno, casi como un reseteo antes del final: pescado limpio, fritura controlada y un fondo que ordena el plato sin convertirlo en cita. En ese punto, dejamos de hablar un momento y seguimos comiendo.
El resto del recorrido mantuvo un nivel sólido, aunque no uniforme. Hubo pases más discretos y alguno que, por acumulación o densidad, no terminó de decir lo mismo que los anteriores. Es el riesgo de un menú largo: no tanto el precio —100 euros con vinos, en Asturias, sale bien parado— como la densidad del relato. El debate no es si el menú es caro, sino si necesita tantos pases o si ganaría afinando la contundencia.
La experiencia, en cualquier caso, fue muy satisfactoria. Se comió bien, con interés y con momentos realmente notables. Las dudas aparecen después, ya en frío, como parte natural de una cocina que aspira a más. No es alta cocina en sentido pleno; es una cocina moderna bien ejecutada, con ambición real, todavía limitada por el espacio, el formato y el servicio.
El vino acompañó con criterio. Nos dieron la carta y una breve introducción a lo que tenían —también fuera de ella—, y a partir de ahí pedimos entre todas, sin demasiadas vueltas. El ánfora de Zahel fue un comienzo natural, casi pedagógico, y la evolución lógica llegó después con los dos Riesling, Karthäuserhof y Toni Jost, que dividieron la mesa sin generar conflicto: a unas les gustó más uno, a otras el siguiente. Esa diversidad sostuvo la conversación y confirmó que la secuencia tenía sentido. Los vinos —distribuidos, si no me equivoco, por Ferreiro Selección— funcionaron como hilo conductor y como descanso entre platos.
Navaja Concept no es un capricho ni un experimento. Es un restaurante con criterio técnico, discurso reconocible y ambición honesta. Puede gustar más o menos, pero no es impostura. Está en ese punto intermedio en el que la cocina ya convence y el conjunto sigue buscando su lugar.
No salí decepcionada. Salí contenta, satisfecha y con ganas de hablar de la comida. Y cuando una sale así de un restaurante, algo importante se ha hecho bien.














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