Donde hoy hay urbanizaciones con portales amplios, ascensores que bajan directos al garaje y jardines mejor cuidados de lo habitual, antes había prados. Todavía me sorprendo buscándolos cuando subo.
Viesques creció deprisa y con orden. Se nota en el urbanismo, en las zonas ajardinadas que aquí abundan más que en otros barrios, en esa calma que no es silencio sino estabilidad. Es barrio de paso hacia las facultades de Marina e Ingenieros y, en días de escuela, el entorno del Colegio Begoña se llena de mochilas gigantes avanzando en fila.
De pequeña mirábamos este barrio con recelo. Decíamos «los pijos de Viesques» como si fuera otro mundo. Mis amigos estudiaban en el Calderón, en El Coto, y aquella frontera invisible nos parecía muy seria. Con el tiempo esa mirada se fue diluyendo. Ahora lo veo como un barrio más. La que ha cambiado soy yo.
La Terraza está encajada entre fachadas limpias, casi recogida. No compite con nada. Está.
El martes de Antroxu el comedor estaba lleno. En un día laboral cualquiera, a esta hora, el paisanaje cambia: aparecen currantes a comer cuchara, mesas rápidas, conversación más seca. Hoy, festivo, todo era más pausado. Pocos disfraces. Gente arreglada lo justo para distinguir el día. En la terraza se oían críos; dentro, el murmullo acompasado de un restaurante que funciona.
Mi amigo —organizador de la comida y apasionado de los tintos con peso— pidió el vino antes de que llegara nada a la mesa. Una magnum de Viña Arana 2015. Lo pidió como quien pide agua. Cambiaron las copas con discreción.
El vino estaba redondo. No empujaba. Se quedaba.
Rioja siempre ha sido la denominación que más he disfrutado. Probar otras cosas me interesa, pero volver a Rioja tiene algo de regreso tranquilo. Me reconcilia.
Luego llegó el pote.
Estaba bien. Caldo ligado por el tiempo, berza integrada, todo en su sitio. El compango venía troceado y, aunque en casa prefiero cortarlo yo —cada cual mide su tocino según el ánimo—, aquí la ración llega medida. Son reglas distintas.
Los callos estaban melosos, con el pimentón asentado, acompañados de patatas en cuadraditos pequeños, pocas. Si querías más, traían una fuente aparte.
Abrieron en 1997, cuando el barrio aún era promesa. Durante el café, un matrimonio amigo que vive aquí desde siempre recordaba que los actuales propietarios venían de una tienda de ultramarinos y se lanzaron a coger el local en traspaso. No parecía una apuesta brillante entonces, pero lleva abierto desde el 97. Y como todos los negocios de ese volumen, tendrá días mejores y días peores. Aquí nadie está a salvo de un mal martes.
Es un restaurante rancio, en el buen sentido. Esa forma de hacer las cosas que ya no sorprende y, sin embargo, sostiene. No vas a celebrar. Pero vas.
La conversación acabó derivando hacia el centro. Desde La Arena hasta Marqués de San Esteban, pasando por La Ruta de los Vinos y El Carmen, los locales abren y cierran con una rapidez que a veces resulta vertiginosa. Cambian de manos. Cambian de nombre. Pocos resisten con la misma gerencia más de quince años. Y luego están las despedidas de soltero que irrumpen en mitad de cenas que uno esperaba tranquilas.
Una se cansa.
Y lo digo yo, que paso buena parte de mis ratos de ocio en el centro, disfrutando también de ese bullicio que luego cuestiono. La contradicción no me incomoda; simplemente existe.
En algún momento, sin saber muy bien cómo, la conversación viró hacia el norte de Francia. Alguien mencionó los mercados de Burdeos, otro la Duna de Pilat, esa visita ineludible si uno baja por Aquitania. Quizá en junio me escape a conocer todo aquello.
Al salir, la calle seguía tranquila. Bajamos en coche hasta El Coto. Aparcamos en la puerta de La Real sin dificultad. La confitería estaba vacía. Pedimos tres bombas para llevar.


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