La idea de ir a Casa Baizán fue de Lorenzo. Un día pasábamos por la calle Corrida y entré a reservar mesa. Me acerqué a la barra y le pregunté a Julio si tendría sitio para seis el Jueves Santo. Julio Álvarez Baizán me atendió como atiende siempre: con esa educación tranquila y esa espontaneidad de quien recibe a alguien en su casa, no en su negocio. Le he visto hacerlo así infinidad de veces, con todo el mundo. Allí nadie parece nuevo.
La reserva la hice con más de quince días de antelación. En Gijón, en esas fechas, no conviene improvisar. El centro estaba lleno, la calle Corrida con ese flujo lento y denso de gente bajando hacia el puerto, y conseguir una mesa para seis un jueves así no ocurre por casualidad. Éramos tres matrimonios, dos de ellos mayores que nosotros. Las otras dos parejas no suelen coincidir mucho. No se podía fallar.
Antes habíamos quedado en el Korynto, también en Corrida, con el vermú de rigor. Embutido de Casa Ezequiel, un godello y un par de cañas. Del Korynto a Casa Baizán hay menos de cien metros. Se cruza al otro lado, se pasa por delante de la terraza del Club de Regatas —vacía, como casi siempre, resto arqueológico de una sociedad que ya apenas existe pero que ahí sigue— y se llega.
Cuando entramos, el comedor estaba lleno. La única mesa de seis, junto a una ventana, ya estaba preparada y esperando. Nos sentamos. Eran las tres menos cuarto de la tarde.
Los torreznos con patatas y piparras abrieron la comida. El pastel de centollo también. El Pitacum 2020 generó la conversación que generan los vinos cuando no son perfectos ni malos: unos hablaron de vino de fresqueo, otros discutieron si ocho meses de barrica eran suficientes o no. Con la Mencía del Bierzo estas discusiones aparecen enseguida. Nadie estuvo del todo de acuerdo, que es la mejor señal de que la conversación fue honesta.
Los principales llegaron repartidos entre los seis: jabalí guisado, callos y rabo de toro. Lorenzo pidió el jabalí. Los chipirones encebollados aparecieron fuera de carta, ofrecidos por el camarero. Los probó y le gustaron mucho. Salsa oscura, chipirones sabrosos.
El camarero llevaba todo el comedor él solo. Guiaba sin imponerse, de manera que uno acababa eligiendo lo que él ya había decidido que ibas a elegir. Lo hacía bien. Sin que se notara.
A mí me habían recomendado el rabo de toro, también fuera de carta. Lo tomé. Fue una buena decisión.
En la mesa se habló de restaurantes que ya no existen, de guisos que se recuerdan mejor de lo que probablemente fueron y de sidrerías que cerraron. Siempre pasa lo mismo: una comida lleva a otra.
Terminamos con un par de bombones de La Ibense, compartidos. Un trozo de chocolate me cayó en el pantalón. Últimamente no salgo indemne de las comidas. El comedor se había ido vaciando despacio hasta que alguien lo dijo en voz alta: qué tranquilidad había quedado. Pagamos y salimos por la otra puerta.
Fuera pregunté a todos: ¿prestovos? Me dijeron que sí.
Días después, Lorenzo cocinó chipirones en casa. No eran exactamente los mismos, ni lo pretendían ser. Pero sin aquella tarde no habrían aparecido.





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